viernes, 29 de julio de 2016

Tormenta de colores

Cuando era pequeño, mi abuela me solía contar una pequeña fábula acerca del Castillo de las Nubes, un lugar que ella había estado buscando toda su vida, y que cuando se había dado por vencida en la búsqueda el Castillo la había encontrado a ella, después de decir esto mi abuela siempre recalcaba que esto sucedió luego de que ella conociera a mi abuelo. Según mi abuela en ese lugar, todos los sueños se podían cumplir si creíamos que éramos capaces de hacerlo, donde podíamos sentirnos seguros siempre, donde encontraríamos refugio y calma. Ella siempre me hacía recordar, que este Castillo no era un lugar PERFECTO, dentro del mágico lugar también había imperfecciones, ciertas goteras, rajaduras en las paredes, y ese tipo de cosas. Pero incluso las imperfecciones hacían que ese lugar fuera perfecto para ella y para mi abuelo. Donde en los días de lluvia ambos colaboraban para sacar el agua hacia afuera, donde si una grieta era demasiado grande ellos hubieran construido puentes para unir los lazos. Un lugar de ensueño y consuelo. Mágico. Colorido. Un poco desordenado y pasional.

Yo sin embargo, crecí gris…

Las nubes rugían tormentosas encima de mí, la ciudad vestía colores apagados de distintos grises, y yo un traje, que me había costado varios salarios, el cual cubría mi piel. El paraguas negro que tenía en mi posesión se irguió por sobre mí con una rigidez sobrenatural, como si mi cuerpo fuera de madera y las piezas estuvieran hinchadas, provocando que me moviera con movimientos certeros y que parecieran automatizados. La sombra no tardó mucho en proyectarse en el suelo, en casi un abrir y cerrar de ojos el artefacto se expandió manejándose de la misma manera que mi cuerpo, riguroso, estable, pareciendo igual de premeditado.

Comencé a caminar entre la gente, nadie me detenía, nadie chocaba a nadie. Era un mundo donde el destino de cada objeto y persona parecía ser dibujado por aquellos artistas más detallistas y exigentes del mercado, haciendo que todo funcionase como las piezas de un reloj antiguo que funciona hace no sabemos cuánto, y misteriosamente nunca vemos que nadie le de cuerda, y sin embargo nunca nos encontramos una medianoche o un mediodía en el que no suene. Veíamos en escalas de grises, pero todo funcionaba a blanco y negro. Un sí o un no, afuera o adentro, malo o bueno. Limpieza extrema, silencios permanentes, sin peleas, con ‘por favores’ y ‘gracias’.

Los hombres eran altos, con rasgos rigurosos también, con figuras esbeltas y ojos fríos, las mujeres casi todas iguales, maquillajes grises se dibujaban en sus caras, pestañas postizas y uñas de la misma manera, buscando la belleza. Aquellos quienes no cumplían con los requerimientos no eran lanzados al mundo exterior. No sobrevivían. Alguno que otro se abría paso, camuflado entre el resto de ‘luchadores sin causa aparente’, tan vacíos por dentro como se sentiría vacío un caracol que no refleja el sonido del mar. Yo era uno de ellos, mi armadura era mi traje, mi máscara. Yo delgado, no tan alto, con gustos un poco fuera de lo común, no encajaba en esa sociedad que pretendía tanto de todos y nada entregaba a cambio.

La tormenta se abría paso, y yo igual entre la multitud de ‘cegados’, de la cual obviamente formaba parte. El semáforo, que iluminaba también con colores en escalas de grises, les dio permiso a los conductores para avanzar, y yo, junto con el resto nos quedamos como estatuas esperando a que se nos diera la orden de proseguir nuestra muerte en vida.

Allí quieto esperando, con la mirada perdida en un punto en la lejanía, sin casi pensar en nada, me vi abstraído por una chica a mi lado. No tenía paraguas, y tampoco estaba mojada. De una estatura alrededor de un metro cincuenta, un poco rellenita, pelo ondulado… castaño, con vida. Inusual. No podía parar de verla, era ciertamente ella una mujer extraña, parecía tener una mueca en su rostro un tanto incómoda, las dos comisuras de sus labios estaban extendidas cada una hacia su respectivo lado y levemente hacia arriba, una sonrisa, que escaseaban en esos días. La muchacha que vestía un buzo rojo intenso, un jean del azul más vivo que vi en mi vida, unas zapatillas blancas con un poco de… barro supuse, se mecía levemente de atrás hacia adelante, y noté que estaba produciendo un pequeño sonido rítmico y que nunca había escuchado en la vida. No podía quitarle los ojos de encima, era simplemente preciosa, una verdadera obra de arte ante mis ojos. Esos pensamientos cruzaban mi mente, pensamientos que no podía entender del todo.

Con la exactitud de siempre los conductores se detuvieron, pero antes la muchacha se cruzó con mis ojos, y la noté confundida. Tanto a ella como a mí nos empujaron las personas que teníamos detrás, lo que nos tomó por sorpresa. Por un momento me distraje y dejé de observarla, y una angustia increíble me llenó el cuerpo. Una sensación de vacío, soledad, miedo que iba más allá de los límites de la comprensión, pero que de alguna manera siempre había estado conmigo. Pero todo se agravó cuando volví a colocar mis ojos en la muchacha del pelo ondulado, su ropa y su cuerpo estaban manchados, su buzo que antes era de un rojo como los pétalos de las rosas ahora era mitad gris oscuro y mitad rojo. Su jean, que era azul como el mar en verano en todo su esplendor, ahora era mitad gris mitad azul. Su pelo, que antes era castaño, que tenía vida, ahora era gris y mitad recogido, como si estuviera sufriendo una terrible transformación.

La cara de la muchacha empezaba a parecer más tranquila­— NO. Más… ¿triste? Comenzaba a cerrar los ojos. Me apresuré hacia ella. Le tomé la cara con mis manos, sintiendo su calor. Hicimos contacto visual y de pronto todo se detuvo. Estábamos sólos en el universo, el tiempo se había detenido, y yo tenía el privilegio de estar tocándola. Acaricié sus mejillas, suaves, como esas rocas gastadas por la arena, profundicé en sus ojos, color avellana, que desprendían amabilidad y calidez. Observé y toqué su pelo, ondulado y suave, con algún que otro nudo. Me acerqué a su boca lentamente, y nuestros labios colisionaron presos de aquellos sentimientos que ella y yo teníamos dentro, desprendieron fuego, un beso simple pero que envolvía mucho más en su interior. Que derretía nuestros corazones, nos devolvía el calor. Ella era nuevamente de color, al igual que el cielo, los árboles, y yo. Sin decir una palabra nos sonrojamos los dos, ella apartó la mirada de manera tímida y dejó escapar una pequeña risa, el sonido más encantador que podría haber escuchado en mi vida.

Sin casi notarlo nuestras manos decidieron entrelazarse, y empezamos a caminar sin pensar que podría pasar. Nuestro encuentro, apresurado, un tanto torpe y que desprendía un poco de incertidumbre había sido hermoso. Caminamos así, quién sabe cuánto, sonriendo, hablando, conociéndonos más y más, hasta alcanzar el Castillo de las Nubes. Una lágrima se me escapó, y ahí supe que ya no había de que preocuparse. Había encontrado mi lugar.

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