jueves, 2 de octubre de 2014

El nacimiento

El cuerpo le dolía, sus emociones se agolpaban sin decidir cuál era la que debía dominar, odio, impotencia, rencor y una gran, gran angustia. La bestia había dañado cada célula de su cuerpo hasta arrancarle toda su fuerza vital, el hecho desgarrador que había sucedido hace apenas dos horas no le permitía moverse.

Estaba quieta, con la mirada perdida en el ventilador que se encontraba sobre su cabeza, pero no observaba el movimiento del artefacto. Podía visualizar cada detalle del momento exacto del ataque, la brutalidad, cada color, cada sonido, absolutamente todo quedaría en su memoria para siempre; y en las noches cuando se fuera a dormir soñaría con ese momento, hasta despertarse llorando y gritando de terror.

Se encontraba desnuda de la cintura para abajo, notaba un sabor metálico en su boca, sangre y dolor, tenía moretones en todo su cuerpo, y sus ojos marrones, o quizás verdes, o azules, seguían perdidos en el vacío.

Siguió acostada en el suelo de la tienda mucho tiempo más, pero no lo notó, ¿qué importaría el tiempo a partir de ahora? En cualquier momento podía volver a suceder, los animales siempre estaban cazando, y ella era su presa, todas podían ser víctimas de aquel brutal ataque.

Rompió en lágrimas, sus sollozos se oían como los lamentos de otra persona, ya no era ella, había sido condenada, y el suceso la había cambiado. Llorar le dolía, pero ¿qué más daba? Estaba segura que había alcanzado el límite de dolor tanto físico como emocional que puede llegar a padecer una persona. Sus gritos eran los más desgarradores que cualquiera podría nunca escuchar, no se oía nada más, solo a ella en su sufrir.

Tenía frío, pero ya no quería abrazar nunca más a nadie, ya no podría confiar en ninguna persona, todos podían ser monstruos, todos podían estar al acecho.

Cuando un impulso de fuerza surgió en su interior, pudo levantarse; todavía llorando se vistió con la ropa de la cual había sido despojada hace unas horas. Caminar se asemejaba a que te clavaran miles de cuchillos por todo el cuerpo, pero ella era una mujer fuerte, superaría todo aquello, sin embargo, nunca podría olvidarlo.

Salió de su calabozo para entrar a uno nuevo: un mundo de desconfianza, terror y hostilidad la esperaba afuera para darle la bienvenida a aquella mujer que había nacido en ese espantoso lugar, había dejado de ser ella, para pasar a ser otra persona.

Alzó la vista, y con un dolor inmenso se prometió que seguiría adelante, aunque no sabía muy bien cómo.

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